¿Por qué tu tiempo y el mío no son igual de valiosos?

POST Nº620
Dice la socióloga Judy Wajcman, en una cita que usa Julen Iturbe al reseñar su libro “Esclavos del tiempo”, que no será la primera en sugerir que “el concepto de que el tiempo de todo el mundo es igualmente valioso es auténticamente revolucionario”.
La frase subrayada, que suena tan simple y debería ser casi una obviedad, es “auténticamente revolucionaria” porque la mayoría de los mortales no cree en ella, ni la aplica, al gestionar e interpretar el tiempo de los demás. Fue leer a Wajcman y entender de pronto la carga de profundidad que transmite esa idea si nos la tomáramos en serio.
Una forma de hacerlo es preguntarnos por qué mi tiempo y el tuyo no suelen valer igual. Cuestionarse eso es “revolucionario” porque pone en entredicho la creencia general, tan arraigada desde la visión economicista con que esta sociedad juzga casi todo, de que una hora de la persona X vale más que la de Y por la mera razón de que es más cara, o porque sabe más, o tiene más estatus.
Es obvio que esa lectura siempre se puede hacer en términos de costes salariales y es el análisis clásico que cualquier empresa llevaría a una Hoja de Cálculo. Eso es así y punto. El problema viene cuando se extiende a la forma de tratar y valorar a las personas que son, en última instancia, humanos por igual. Que lo seamos significa que el tiempo nos afecta del mismo modo a todo/as.
Lo que quiero decir, o más bien creo que dice (y yo interpreto) Wajcman, es que el tiempo debería ser un factor de equidad, igualador, porque es un recurso finito para todos como la edad, la salud o la mismísima muerte. Pero en la práctica no es así: a más mercado, más desigual es el valor del tiempo de las personas. Leía hace poco una noticia en El País sobre el debate ético que suscita en Estados Unidos que “profesionales de las colas” hagan el trabajo a otras personas que pueden pagarles para, por ejemplo, mercantilizar el acceso a algo tan esencial en la democracia como un debate en el Congreso o una audiencia de la más alta instancia judicial del país. Incluso, comprando tiempo de esas personas que hacen las colas en sustitución de los verdaderos interesados se puede conseguir un mejor acceso a la educación pública cuando esas plazas se conceden por orden de llegada 🙁
Pensándolo bien, me atrevo a especular que cualquier diferencia en el “valor” de una hora o día de tiempo entre dos individuos nunca debería medirse en términos salariales o de validez personal sino en función de algo que, afortunadamente, no sabemos: ¿cuánto tiempo de vida le queda a cada persona? Para alguien al que le quedan 3 o 4 años de vida, cada hora o día debería “valer” mucho más que si lo comparamos con el que todavía va a disfrutar de 20 o 30 años por delante, aunque el segundo cueste diez veces más en salarios que el primero.
Podemos añadir más criterios que son menos inciertos que el de los años de vida para renegar de ese filtro tan economicista (y terriblemente inhumano) de medir (comparar) el valor del tiempo de las personas según su supuesta valía profesional que expresan los salarios o su estatus. Por ejemplo, imaginemos una trabajadora que por estar en su centro laboral está dejando de atender a cuatro hijos o tiene que dejar descuidada a una persona dependiente que está a su cargo. En una circunstancia así: ¿cuál debería ser el “valor” de cada hora de esa trabajadora en términos de “costes de oportunidad” (uso el término economicista a propósito) si se compara con el de su jefe o jefa que cobra el triple pero que, en este caso, no tiene ninguna de esas cargas?
Si digo que el tiempo nos iguala a todos es pensando en lo que debería ser pero sabiendo que en la práctica no ocurre así. Ni siquiera la muerte es una gran igualadora como tampoco lo es la salud. Los más ricos no pueden evitar la muerte pero sí tienen más posibilidades de aplazarla que los pobres. Hay muchos datos que corroboran eso pero por aportar uno que cita Seth Stephens-Davidowitz: “en promedio, las mujeres estadounidenses situadas en el 1% superior de los niveles de renta viven 10 años más que las situadas en el 1% inferior; y en el caso de los hombres, la diferencia es de 15 años”.
En una sociedad justa, equitativa y más humanista, la hora del director general debería valer lo mismo que la de una persona de la limpieza o del que trabaja en la recepción. Cuando digo que debería valer lo mismo significa que merecería el mismo respeto porque ese tiempo representa una parte de la vida de personas que tienen, en principio, el mismo derecho a disfrutar de esa ventana de existencia.
Insisto en que esa idea es revolucionaria porque lo que habitualmente hacemos, y lo tenemos perfectamente normalizado, es medir en términos económicos el valor del tiempo. El coste de oportunidad de una hora de trabajo no se mide por lo que socialmente se pierde como alternativa sino por la cantidad de dinero (o de trabajo) que compite con esa hora. Es por eso por lo que Judy Wajcman dice que “con el capitalismo, el tiempo es literalmente dinero” y así nos va 🙁
Esta reflexión no es baladí. Tiene consecuencias en la gestión de personas dentro de las organizaciones. Por ejemplo, si un jefe o jefa compara el valor de su tiempo con el de alguno/as de sus empleado/as solamente en términos salariales, o sea, de dinero, desconociendo o ignorando otros ámbitos de la vida de esas personas (por ejemplo, si tiene varios hijos que atender, está estudiando al mismo tiempo, o le espera en su casa una persona dependiente), puede dar por hecho que su tiempo vale mucho más y así mostrarse menos respetuoso con el de los demás. Esa forma de ver la vida, el tiempo, se refleja en múltiples comportamientos que deshumanizan las relaciones. La falta de empatía es una manifestación clara de eso.
Julen
Wajcman mira mucho al tiempo desde la perspectiva feminista. Y ahí se puede obtener una visión que contrasta con la predominante. Ahora mismo estoy finalizando la tutorización de un trabajo fin de máster relacionado con la participación de las familias en los cuidados a pesonas mayores de las residencias. Surge, cómo no, el concepto de «eficiencia» y «productividad»: la residencia quiere que sus trabajadoras (empleo muy feminizado) sean «eficientes» cuidadando a sus residentes. Pero ¿tiene sentido medir el tiempo de la atención a un familiar? Podemos acudir a la clásica diferenciación griego del tiempo (krónos/kairós) para darnos cuenta de que son interpretaciones radicalmente diferentes. Hoy se ha impuesto, en el capitalismo global, solo una de ellas. Y así nos va: prisa por todas partes y un tiempo que no se disfruta sino al que «hay que ganar la batalla». Triste, ¿no?
Amalio Rey
Es cierto, hay mucha perspectiva feminista en esa lectura. El ejemplo que pones de la residencia expresa muy bien una de las grandes contradicciones de nuestra época que pone en conflicto el paradigma economicista capitalista y la sensibilidad humanista, que es la que debería prevalecer. Pero es probable que los de la Residencia no tengan la culpa, sino la enorme presión por la eficiencia y la productividad que reciben del entorno. Si no cuidan esos dos atributos, si no miden costes y son rigurosos en medir cómo y a qué dedican su tiempo contratado, desaparecen de la «selección natural» depredadora que este sistema establece. Por ese camino vamos hacia el modelo de Amazon que lo tiene todo optimizado (claro, desde el punto de vista de la rentabilidad). Los que hacen eso, sobreviven, a costa de los que intentan poner más cariño al tiempo laboral o profesional. Y lo de «las prisas por todas partes» es algo que están sabiendo «normalizar» perfectamente. De hecho, lo llevan de fábrica las nuevas generaciones… Es triste, por supuesto
Jaír Amores Laporta
Buenas Amalio! Aquí Jaír, de EfectiVida.
Muy interesante tu artículo de hoy. Suelo decir que el tiempo es democrático, ya que, no importa si eres rico o pobre, guapo o feo, todos tenemos 24 horas al día. De hecho, Warren Buffett tiene tantas horas al día como las tengo yo. Evidentemente, como bien dices, coincido en que el valor del tiempo depende de los años de vida de la persona. Pero quitando ese factor de la ecuación, creo que lo importante no es el tiempo, sino lo que hacemos con (en) él. Cada día estoy más convencido de que, aquellos que sepan tomar buenas decisiones en cuanto a lo que van a hacer en determinado tiempo, y lo que van a dejar de hacer, serán los más efectivos.
De todas formas, el tema del valor del tiempo es un asunto que merece reflexión.
Gracias de nuevo por hacerme pensar.
Un saludo desde Gran Canaria!
Amalio Rey
Hola, Jair:
Desgraciadamente el tiempo «debería» ser democrático pero, como ves, no lo es 🙁
Las 24 horas de un rico a menudo tienen una calidad totalmente distinta a las de un pobre. Incluso la cantidad parece distinta, según cómo cada cual vive la experiencia (y le dejan vivirla). Totalmente de acuerdo con la importancia de tomar buenas decisiones, pero eso «solo» te sirve para mejorar las condiciones que dependen de ti. Lo malo es que una parte nada desdeñable de lo que nos pasa o nos afecta depende del entorno…. pero es cierto que tenemos mucho por hacer para mejorar la calidad de nuestro tiempo con independencia de esos condiciones. Gracias a ti