¿Qué pinta una persona consultora en un congreso científico?

POST Nº 735
Me dedico a la consultoría y la formación. Trabajo con clientes que enfrentan problemas concretos y buscan soluciones útiles, aplicables. Quieren impacto, así que, de teoría, la justa y necesaria. En un entorno así, podría parecer que el rigor analítico y la profundidad del pensamiento científico no tienen cabida. Pero ocurre justo lo contrario: es precisamente ese rigor lo que permite que las soluciones funcionen de verdad.
Aquí recupero un artículo que publiqué en este blog allá por 2014, en el que explicaba qué podemos aprender de los científicos. Es un tema que me interesa especialmente porque conserva más que nunca su vigencia y encaja de lleno con la línea de trabajo en la que estoy inmerso desde hace un tiempo: ayudar a PENSAR BIEN y a promover el pensamiento crítico en la gestión de las organizaciones.
En el mundo del management abundan el humo, las recetas enlatadas y las frases huecas. Algunas rozan la tomadura de pelo. Por eso, apostar por un enfoque con hondura, basado en fundamentos sólidos y capaz de resistir el contraste, marca la diferencia. Para lograrlo, el pensamiento científico es una herramienta muy útil. De ahí que tenga el hábito de sumergirme en literatura académica y asistir a eventos científicos. Lo hago con gusto porque, además de exigirme cognitivamente, suelo encontrar ahí mucha inspiración para mejorar mi práctica profesional.
Durante la escritura de mi primer libro asistí a hasta siete ediciones de la Collective Intelligence Conference, el evento científico más relevante del mundo sobre inteligencia colectiva. La mayoría se celebraron en universidades de Estados Unidos y costaron más de lo que realmente podía permitirme. Pero siempre lo viví con ilusión, y siempre volví con ganas de repetir.
En esos congresos era raro cruzarse con profesionales de la consultoría. Parece que ciencia y empresa viven en mundos paralelos, apenas conectados. Algunos colegas me preguntaban si no me aburría. Yo lo vivía justo al revés: para mí, cada edición era una fiesta. Salía con la cabeza rebosante de ideas y unas ganas enormes de escribir sobre todo lo que había escuchado.
A veces me preguntan qué sentido tiene que un gestor, o un consultor como yo, se exponga a un mundo tan académico. Mi respuesta es clara: ¡mucho! Hay más de una lección valiosa que podemos aprender del modo en que trabaja la ciencia. Déjame que entre en los detalles.
La comunidad científica lleva siglos perfeccionando mecanismos para pensar con rigor. Esto implica controlar sesgos, formular hipótesis refutables y ser exigentes con las explicaciones de causalidad. No hay lugar para ocurrencias o anécdotas basadas en lo que funcionó una vez. La hay solo para evidencia sólida y resultados reproducibles. Ese sano escepticismo, que a veces lleva a poner a prueba lo que parece obvio, es la base de un razonamiento fiable.
No se trata de copiar el método científico al pie de la letra ni de convertir cada decisión empresarial en un experimento formal. Pero hay algo inspirador en la forma en que se construye ese conocimiento: con rigor, humildad y una permanente voluntad de mejora. Quien investiga no da nada por supuesto. La pregunta pesa más que la respuesta. Las hipótesis deben poder refutarse, y toda afirmación ha de ir acompañada de datos, contexto y una explicación de cómo se llegó a ella.
Frente a ese modelo más prudente, en el mundo de la gestión se siguen usando fórmulas sin evidencia, afirmaciones rotundas sin matices y estrategias vendidas como verdades universales, sin reparar en las condiciones que las hicieron posibles. No se matiza, ni se acota. En lugar de decir: «esto funcionó en este caso, por estas razones y bajo estas condiciones», se abusa del «esto siempre funciona».
La investigación científica sigue un método estructurado: formulación de hipótesis, diseño experimental, recolección de datos, análisis y conclusiones. Este enfoque es perfectamente aplicable a la resolución de problemas empresariales. Además, un buen paper no solo presenta resultados, sino que explica cómo se llegó a ellos: el diseño, la muestra, los límites, las condiciones. Esto permite que otros reproduzcan el método, lo mejoren, lo refuten, lo adapten. En gestión, en cambio, abundan las supuestas «buenas prácticas» sin ninguna evidencia que las respalde. Las causas del éxito son confusas y los resultados no se replican en condiciones similares.
Hay también algo admirable en el lenguaje académico. Me fascina la mesura y precisión con la que se expresan los científicos, en contraste con la vaguedad que abunda en el discurso del management. Aprenden a no afirmar más de lo que los datos permiten. Frases como «según esta evidencia», «en estas condiciones», «con un margen de error del 5%» pueden sonar frías o excesivamente prudentes, pero encierran rigor y honestidad intelectual. Evitan generalizaciones, matizan, acotan. En vez de «esto es así», prefieren «esto es lo que sabemos, hasta ahora».
Otra lección está en el valor que se da al método. En un congreso científico, una ponencia puede llamar la atención no por sus conclusiones, sino por la manera creativa y precisa con la que se diseñó el experimento o se abordó el problema. El enfoque, a veces, importa más que el hallazgo, porque abre nuevas posibilidades. Y eso también vale para el trabajo con equipos, instituciones o políticas públicas. Una buena metodología puede ser más transformadora que una solución puntual.
El mundo de la investigación muestra un profundo respeto por lo incremental. No hay atajos, ni se busca el pelotazo. Se entiende que el conocimiento avanza paso a paso, gracias a pequeñas contribuciones acumuladas. Los buenos investigadores cultivan la paciencia y piensan a largo plazo. Suman sus diminutos ladrillos con entusiasmo, sabiendo que esos avances, aunque modestos, tienen valor. En las empresas —y también en los gobiernos— a menudo se premia el impacto inmediato, el golpe de efecto, la narrativa épica. Pero pensar bien lleva tiempo, y la ciencia lo sabe.
La ciencia también es un lugar donde la duda no es una debilidad. Los papers son honestos, y los buenos científicos no temen decir «no lo sabemos». Incluyen secciones obligatorias de «limitaciones» y «discusión», donde se reconoce lo que no salió bien o lo que puede interpretarse de otro modo. Esto escasea en los informes de consultoría y en los planes estratégicos, donde todo se vende como seguro, definitivo, infalible. Es difícil encontrar esa humildad que incorpore espacios para la revisión crítica, la evaluación de impactos no deseados o la discusión abierta sobre mejoras.
Quien investiga con rigor nunca trabaja en solitario. Lo hace en comunidad, compartiendo, discutiendo, afinando ideas con otros. Los avances se revisan entre pares y se construyen sobre trabajos anteriores, reconociendo las fuentes. Me gusta ver el cuidado que ponen en citar a los autores originales. Es un sistema que se sostiene sobre los hombros de otros. La ciencia es generosa y abierta, pero rigurosa en visibilizar a quienes contribuyen. Citar no es una cortesía: es un acto de justicia y gratitud. Esa actitud contrasta con ciertas culturas organizativas donde el mérito ajeno a menudo se borra de la foto final.
Los verdaderos científicos son humildes. Cuanto más extraordinarios, más sencillos. He tenido la oportunidad de ver a investigadores con currículos impresionantes compartir generosamente y reconocer las limitaciones de sus estudios sin rastro de elitismo. Entienden que sus teorías son provisionales y pueden ser refutadas por nueva evidencia aportada por cualquiera. Esa humildad intelectual es poderosa: permite adaptarse, aprender y cambiar de rumbo cuando los datos lo indican. En el mundo corporativo, en cambio, es habitual hacer alarde del currículum y parapetarse en la autoridad.
Volviendo a la pregunta inicial, me atrevo a hacer dos recomendaciones. Primero, acostúmbrate a leer papers científicos. Son la fuente primaria del conocimiento innovador. Algunos son oro puro: pequeños tratados de pensamiento estratégico o psicología organizacional. No dejes que su lenguaje técnico te intimide. Leerlos mejora enormemente la capacidad analítica de gestores y consultores. Segundo, anímate a asistir a eventos académicos, con curiosidad y sin prejuicios. Para mí, funcionan como un gimnasio mental: aportan pausa y profundidad, justo lo que hace falta en una profesión devorada por la inmediatez.
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