El síndrome del derecho

POST Nº 745
Este es un extracto del libro VIDAS QUE IMPORTAN: Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos (Almuzara, 2026)
Hay una aspiración que casi nadie cuestiona: «la vida debe ser justa». Pero una cosa es desear justicia y otra muy distinta convertir ese ideal en una exigencia, como si el mundo estuviera obligado a comportarse según nuestras expectativas morales.
Pensamos entonces como si existiera un pacto implícito: hacer lo correcto siempre trae recompensa, la generosidad es correspondida y el esfuerzo conduce inevitablemente al éxito. «Si somos buenas personas, todo nos irá bien», dice el mantra.
Pero… ¿de dónde salió esa promesa? ¿Quién firmó semejante acuerdo?
Confundimos el anhelo de justicia con la fantasía de un mundo perfecto. Mientras tanto, la realidad nos recuerda que el amor puede llegar tarde, que el esfuerzo no siempre se reconoce y que la impunidad circula con una soltura irritante.
El deseo de previsibilidad nos empuja a creer en un karma automático: que quien juega limpio triunfa y quien manipula cae. Pero basta mirar alrededor para ver que no siempre ocurre. La justicia no opera como máquina expendedora. A veces, sencillamente, no opera.
Nada garantiza que lo que creemos merecer suceda. Y aun así, tendríamos que seguir haciendo lo correcto, sin esperar aplausos ni recompensas.
En una sociedad obsesionada con la gratificación instantánea, esa actitud es casi contracultural: sostener el esfuerzo sin certeza de resultado, perder sin perderse, apostar al largo plazo y aceptar la ambigüedad de ciertos hechos.
La dificultad para asumir la frustración está ligada al llamado «síndrome del derecho»: la idea de que tenemos derecho automático a la plenitud. Amor por existir. Éxito por intentarlo. Salud por cuidarnos. Y cuando la vida no sigue el guion, estalla la indignación. Sufrimos doblemente: por lo que no conseguimos y por la injusticia percibida.
Me encanta la lucidez con que explica esto la escritora Natalia Ginzburg: «Es mejor que nuestros hijos sepan desde la infancia que el bien no recibe recompensa y el mal no recibe castigo. Y, aun así, es preciso amar el bien y odiar el mal».
Tiene razón. No firmamos nada al nacer. No hay cláusulas que garanticen que si hacemos A y B llegará C. Lo único que tenemos es nuestra capacidad de actuar con integridad, aunque el entorno sea adverso.
La realidad es ambigua, imperfecta, desigual. La madurez emocional consiste en dejar de pelear contra ese dato. Nadie nos debe felicidad, salud ni reconocimiento. Dejemos de tratarnos como víctimas si el mundo gira en otra dirección.
¿Quién dijo que la vida es justa? Nadie. Pero podemos serlo nosotros: con lo que hacemos, con cómo influimos, con la manera en que reducimos o amplificamos el daño.
Y eso es lo único que importa.
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