Soy las palabras que uso

POST Nº 740
Lo que pienso, digo, siento, y hasta lo que callo… todo eso depende, en gran parte, del menú de palabras que tengo en la cabeza. Esas palabras son, además de etiquetas imprescindibles para describir la realidad, las molduras que dan forma a mi pensamiento.
La mente cocina con palabras, que son los ingredientes. Cuantos más y mejores ingredientes tenga, más sutiles y sabrosos serán los platos que puede preparar. Si mi caja de herramientas es muy limitada, me costará construir ideas realmente interesantes. Por ejemplo, si desconozco la palabra «ambivalente», me será difícil expresar que algo me genera emociones contradictorias. Esa situación seguirá existiendo, aunque yo ignore esa palabra, pero seré menos capaz de gestionarla con lucidez.
En la vida cotidiana, muchas decisiones dependen de comprender bien lo que nos pasa, lo que otros sienten, lo que un texto dice, lo que una situación implica. Y todo eso se teje con palabras. Si mi vocabulario emocional, técnico, ético o político es precario, lo más probable es que interprete pobremente el mundo. Y si interpreto mal, también decido mal. Aunque la siembra más nutriente se hace de pequeños, sobre todo mediante la lectura, construimos capital semántico a lo largo de la vida, y nunca es tarde para invertir en él.
Tuve un jefe en Cuba, Regino Boti, que me enseñó a cultivar las palabras y a apreciar el valor de un vocabulario preciso. Era tan riguroso al revisar mis textos, que terminé creando mi propio diccionario de sinónimos y antónimos. Aquel se convirtió en mi pasatiempo favorito —y en mi salvavidas contra el tedio— durante los casi dos años que pasé como militar en Angola: extraía palabras de los libros que leía y las anotaba con esmero en un cuaderno que guardaba con celo en mi litera.
Desde entonces, disfruto como un enano cada vez que una idea poderosa se deja atrapar con la palabra justa y, de pronto, todo encaja. También me desespero cuando la frase se me escurre, una y otra vez, por no dar con ese término que le da sentido. Manejar los matices, que ayudan a comprender diferencias finas entre cosas parecidas, me parece lo más intrigante del lenguaje. Así es como uno entiende que no es lo mismo «sentir» que «intuir», «tolerar» que «respetar», o «error» que «fracaso». Si confundiera esas palabras, mis comportamientos también se resentirían.
Las palabras importan tanto que cada lengua puede llegar a modelar la realidad de forma distinta. Cuando se aprende a dominar un idioma nuevo, cambia la manera en que las cosas se ordenan dentro de nosotros, y eso me fascina. Algunas lenguas distinguen matices que otras ignoran. He leído, por ejemplo, que el ruso usa distintas palabras para el azul claro (goluboy) y el azul oscuro (siniy). En castellano también tenemos «azul» y «celeste», pero el segundo se considera una variante del primero. En la lengua eslava, son colores básicos diferenciados, al mismo nivel que el rojo o el verde. Se ha observado en estudios que esta distinción tan clara influye en que sus hablantes perciban esas diferencias con más rapidez al describir escenarios.
El alemán tiene una gran capacidad para encapsular ideas complejas en una sola palabra, para las que el castellano necesita frases. «Torschlusspanik» es un buen ejemplo, que significa: miedo o ansiedad a que se pierdan oportunidades con el paso del tiempo. No existe en español una palabra única que exprese exactamente lo mismo. Esa singularidad provoca que ciertas ideas estén más disponibles mentalmente, sean más fáciles de evocar, pensar y compartir. En castellano necesitamos explicaciones; en alemán basta con una palabra. Y eso influye en la agilidad cognitiva con que se manejan ciertos conceptos.
Si aprendo esas palabras, puede que empiece a pensar distinto. Descubro emociones que no sabía que sentía hasta que esa lengua me las mostró, que hay formas de ver el tiempo, el espacio o el respeto que nunca había considerado. Mi mapa del mundo se flexibiliza, y puede que cambie la manera en que razono sobre ciertas cuestiones. Es tan cierto eso que amigos extranjeros me han dicho que, en algunos casos, toman decisiones distintas si lo piensan en español a si lo hacen en su lengua materna.
Los vocablos también se activan desde una perspectiva afectiva. El valor único de las palabras no solo está en su precisión, sino también en cómo emocionan. Bien utilizadas, ayudan a pensar mejor, pero también a sentir mejor. Si nuestros diálogos internos usan las palabras equivocadas —a veces tóxicas—, así serán nuestras emociones.
Sintonizar con nuestras emociones es clave, pero después viene el lío de saber etiquetarlas con precisión. A veces no necesitamos cambiar lo que sentimos, sino cómo lo nombramos. Basta una palabra más suave, más nuestra, para que un malestar se desinfle por dentro. Decir «estoy fatal» no tiene el mismo efecto en las tripas afectivas que «hoy me siento algo desbordado». Es muy distinto «estoy deprimido» que «ando melancólico». Las primeras opciones cierran puertas; las segundas dejan espacio para explorar. Como se ve, las palabras tienen filo, pero también tienen tacto. Y según cuáles elijamos, nuestras emociones se tensan, se abren o se calman. Es como si las palabras sintieran por nosotros. Y visto así, cultivar un buen vocabulario puede convertirse también en una cuestión de salud mental.
Conviene recordar que el reto semántico de afinar el uso y la comprensión de los significados va más allá de engordar el vocabulario. También importa el acceso, cómo las ordenamos. Me refiero a esa capacidad de invocar la palabra precisa en cada momento. Para eso no basta con tener una buena memoria: hay que entrenar las rutas de acceso más eficaces a ese almacén, porque las palabras que más usamos se ofrecen con más rapidez. Si aprendo a describir mi malestar como «inquietud» en lugar de «fracaso», y lo hago así con regularidad, la primera me vendrá antes que la segunda.
Para optimizar los accesos, es clave (al menos para mí) dedicar tiempo a la escritura. A más lo hago, más palabras descubro y más rápido llego a las precisas. Leer literatura o poesía también ayuda, porque acelera las conexiones. Se sabe que hacerlo de manera habitual fortalece la «memoria muscular» del habla. De esa manera, las palabras siguen rutas neuronales más eficientes, que permiten su recuperación rápida y sin esfuerzo cuando se necesitan.
El lenguaje es, en gran medida, una cuestión de hábito. Por eso, la exposición a contextos facilitadores es determinante. Eso se nota en los menores que crecen en familias donde se practica una conversación más sofisticada, en vez de etiquetas gruesas o vacías. Cuanto más escuche palabras ricas en matices, más probable es que las integre en su repertorio cotidiano. Aprender a hablar bien es también aprender a oír bien.
Me resulta especialmente sugerente la idea de nombrar con intención, incluso cuando no se necesita. Un ritual que me gusta es ensayar palabras en momentos tranquilos, como un juego o como quien afina un instrumento antes del concierto. Por ejemplo, no esperar un cierto tipo de dolor para preguntarme cómo lo llamaría. O tratar de describir un estado de ánimo sin usar las palabras de siempre. O preguntarme qué palabra me diría en voz baja, para serenarme, si me siento alterado.
Las palabras también tienen lírica. Según cómo suenan en la boca, despliegan una cadencia, una textura sonora, un ritmo que invita a componer canciones con ellas. Cuando escribo, siempre releo mis textos para tararear la melodía que me sugieren. Y algunas frases son la pera, inspiran belleza. Por ejemplo, decir «me siento liviano» tiene una musicalidad que abriga, mientras que «estoy bien» suena tan plano que apenas se oye a sí mismo. Las palabras técnicas aportan precisión, pero rara vez conmueven. Por eso, a veces, un giro poético o una palabra cálida nos abraza.
El cuerpo también memoriza palabras y las conversa. Si se asocia alguna con una experiencia emocional intensa (una lectura que nos conmovió, una canción, una conversación significativa, un episodio singular), trasciende la mente y se siente en las tripas. De solo escucharla, se somatiza: puede que el corazón se agite, nos entre frío o surja una súbita pérdida de energía. Que acaricie o que arañe.
Desde esta lógica, me encanta la idea de crearme un repertorio propio y vivo, un puñado de palabras que sienta como mías porque me parezcan muy especiales. Una mochila pequeña y ligera, con palabras que me aporten emociones positivas, sabiduría o serenidad. Las iré anotando y subrayando, para volver a ellas con facilidad. Quizás no sean más de quince o veinte, pero que estén llenas de sentido, como quien escoge cuidadosamente las fotos que lleva en la cartera. En los días difíciles o confusos, tener esas palabras a mano puede marcar la diferencia. Alguien me dijo al leer este borrador que no necesitas mil: solo necesitas las tuyas.
NOTA: La imagen pertenece al álbum de Arturo_Anez en Pixabay.com. Si te ha gustado el post, puedes suscribirte para recibir en tu buzón las siguientes entradas de este blog. Para eso solo tienes que introducir tu dirección de correo electrónico en el recuadro de «suscríbete a este blog” que aparece en la homepage. También puedes seguirme en la red social Bluesky o visitar mi otro blog: Blog de Inteligencia Colectiva. Asimismo, aquí tienes más información sobre mi último libro: «VIDAS QUE IMPORTAN: Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos»