Relato e intrahistoria de un taller cualquiera (post-396)

Describir el método de Design Thinking me resulta aburrido porque es bastante estándar y no da para más, pero la gracia está en documentar la riqueza del proceso, en recrear la intrahistoria de un taller cualquiera para que te hagas una idea de su riqueza y posibilidades.
En “Design Thinking para modificar hábitos de consumo” prometí escribir una segunda entrada para contar más en detalle la experiencia de esos talleres, y aquí estoy. Comentaba en ese post lo mucho que dio de sí que alguien trajera al taller una imagen que ponía: “¿Os acordáis cuando íbamos al monte con la ropa vieja?”, porque relatos íntimos y mundanos como ese inspiran y hacen más por la conversación de un grupo que cualquier matriz DAFO o recurso analítico, que son necesarios pero no suficientes para que la reflexión colectiva discurra con naturalidad y fluidez. Mucho de esto tiene el Design Thinking bien llevado, y esa es la razón por la que lo uso tanto como herramienta en consultoría de innovación.
Un tema clave en estos ejercicios es que la reflexión transcurra con franqueza, desde ópticas personales. No buscamos estandarizar, ni encontrar comportamientos-promedio, sino extraer valor de la diferencia. Por ejemplo, en hábitos de consumo siempre hay patrones muy diversos porque los hábitos dependen en parte de nuestros círculos de relaciones y de los códigos sociales que se manejan en esos círculos. Pero escuchar códigos distintos ayuda a cuestionarse los propios, que quizás se dan demasiado por sentados.
Hablamos de muchas cosas en ese taller, pero el capítulo de “juguetes, tenología, gadgets y juegos” se llevó la palma, en el que algunos se manifestaron perdidos con sus hijos (y con ellos mismos, todo hay que decirlo). Rosa compartía la dificultad de gestionar las expectativas de sus hijos pequeños que siempre esperan juguetes, cuando quizás necesitan otras cosas. Ella decía que esperan juguetes porque es “el estándar social”, pero había que encontrar maneras creativas de hacerles ver la utilidad y el disfrute que genera también ponerse una ropa nueva o leer un libro divertido.
“Somos unos acumuladores sin remedio” se quejaba José Miguel, porque según él tendemos a aplicar la máxima de “mejor que sobre antes que falte”, y así nos va. De tanto debate se nos ocurrió hacer esta prueba: intenta dejar la despensa a cero antes de comprar de nuevo, a ver qué tiempo tardas. Te puede sorprender el “fondo de despensa” que tenías inmovilizado. Pues sí, es como el símil de las piedras en el río que se usa para explicar la filosofía del “Just-in-time”: sólo bajando el nivel del agua es que descubres el exceso de piedras que había en el fondo.
Las presiones sociales fueron, como cabía de esperar, un tema recurrente. Y también lo difícil que es resistirse a ellas, por ejemplo, a la hora de planificar y gestionar las vacaciones. Manuel decía que nos hacen sentir “bichos raros” cuando hacemos vacaciones que no consisten en irse muy lejos. En fin, esas presiones que genera la sociedad para que hagas un tipo de vacaciones cool y ostentosa en lugar de la que realmente te conviene, cuando ya se sabe que no hace falta cogerse un avión de larga distancia para descubrir cosas interesantes que tenemos en los propios entornos donde vivimos. La misma metáfora se aplica a los hijos cuando no están al día en sus consolas y juegos. María contó que en su trabajo tenían la costumbre de poner postales de los viajes de vacaciones en un panel colectivo, y que entre las de Egipto, China o USA, alguna compañera pegó unas de Galicia, y algún comentario con rintintin le cayó a la chica como si viajar tan cerca fuera de pringaos. El resultado del siguiente año fue que de su viaje a Asturias ya no hubo postales en aquel tablón.
Un tema interesante que afloró en el taller fue cómo (¿y por qué?) crear espacios para discutir con honestidad entre los miembros de la familia los hábitos y patrones de gastos que afectan a todos. Hubo consenso en que pueden haber visiones personales que valga la pena transparentar o soluciones colectivas que emerjan de esas conversaciones.
Julieta se quejaba de esto: “Mi marido y mis hijos se gastan mucha pasta como socios del Athletic”, y entonces hubo un debate sobre si eso era justo y cómo ella lo sentía; si el acceso a esa “cuota de irrenunciables” era equitativo para todos (es decir, si ella tenía también el derecho de tener los suyos), y lo que significaba para sus familiares seguir ese ritual incluso en momentos de tener que ajustarse el cinturón. Situaciones como estas (sea el futbol, el canal-plus, la cosmética o el coche nuevo) se dan a menudo en las familias, y pocas veces se dialoga sobre ello.
Quedó demostrado que las marcas y el dichoso marquismo es casi un tema de psicoanálisis. Muchos asistentes trajeron al taller imágenes de marcas, que se reveló como un tema relevante a la hora de reflexionar sobre los (viejos y nuevos) hábitos de consumo. No quiero hacer demagogía con esto, pero me cuesta entender la obsesión que tienen algunos con esto. Incluso gente que es sensata y socialmente responsable se deja atrapar también por la trampa psicológica (y el timo económico) que a menudo significan las marcas de relumbrón.
Los participantes descubrieron en el trabajo de campo hecho antes del taller que darse una vuelta por casa con una cámara en mano, para capturar imágenes de cosas o situaciones que tienen algún impacto (negativo o positivo) en las finanzas familiares, puede abrirles a muchas posibilidades porque ayuda a fijarse en los detalles y a reparar en esos pequeños sumideros que suelen pasar inadvertidos en el día a día. Eso fue lo que hicieron durante una semana trayendo al taller cientos de imágenes que nos sirvieron para compartir una mirada íntima de nuestros hábitos de consumo y generar una conversación muy enriquecedora.
Esa técnica, que en Design Thinking llamamos “Camera Journal”, funciona bien siempre y cuando el fotógrafo consigue observar con inocencia, evitando dejarse condicionar por prejuicios que lo lleven a capturar solo aquello que valide las hipótesis que ya tenía. Una vez que teníamos las fotos impresas o en tablets, invitábamos al grupo a que las discutieran, a que intentaran hacer una interpretación antropológica (Qué-Cómo-Por qué) de esas imágenes buscando desvelar hábitos, rutinas, creencias o actitudes que en ellas se manifestaban.
Ese ejercicio libera todo su potencial si se consigue integrar a los hijos en la experiencia, para que intenten expresarse a través de imágenes (por ejemplo, fotos de lo que más valoran y lo que menos, o creando collages a partir de esas fotos), en lugar de obligarlos a que usen el lenguaje verbal que para ellos suele ser más rigorista e intrusivo.
Según vimos en el taller, una partida de gastos descuidada es la de los seguros (un tema que salió a partir de una imagen de una factura tomada por Mario), que tienen mucho margen de optimización ya sea reclamando rebajas a las aseguradoras o bien contratando de forma agregada varios tipos de seguros al mismo proveedor.
Las campañas de regalo (navidades, días-del-no-sé-qué y un largo etc.) son otro gran dolor de cabeza para las economías familiares y personales. Se convierten en una sangría dolorosa para todos los bolsillos. Aquí la presión social (y el sistema que ella alimenta) hacen su agosto, llevándonos a regalar cosas que son inútiles y no aportan nada a quienes las reciben. Luisa preguntaba: ¿Y por qué en esta sociedad se ve mal regalar cosas de 2da mano, aunque estén bien cuidadas y sean útiles? ¿Por qué esa obsesión por lo nuevo? Raúl y Josefa nos proponían como alternativa regalar cosas hechas por nosotros mismos, una práctica que ellos siguen desde hace tiempo y que han aprendido a disfrutar tanto ellos como sus amigos, como reflejaba un vídeo que trajeron de una entrevista que le hicieron a un colega que promueve esos valores.
Hablamos también de compartir más, de las enormes posibilidades que surgen con el llamado “consumo colaborativo”. Varios asistentes ya lo practican con sus redes de amistades o en asociaciones. Por ejemplo, impulsar lógicas de multipropiedad para gestionar activos sub-utilizados parece una buena solución. Es el caso de Luisa que comparte la inversión y los gastos de un auto caravana con varios amigos.
Otro recurso que funciona de maravilla es el uso de metáforas y analogías evocadoras para que los participantes imaginen soluciones en un ámbito inspirándose en modelos que funcionan en otros. Algunas analogías pueden ser demasiado estrechas y cortan las alas, pero otras son tan buenas, tan generosas, que pueden desvelar un sinfín de posibilidades. Recuerdo, por ejemplo, que alguien propuso la metáfora del campamento como filtro para imaginar enfoques alternativos de consumo, y aquello dio mucho juego en la fase más creativa del taller.
Nota: La imagen del post es del album de Alvaro Herreras en Flickr.