Los altos cargos públicos llegan casi en el momento de comenzar un evento, dicen unas palabras protocolarias o leen el discurso que le escribieron, y se van. En ocasiones conceden un ratillo de cortesía, porque irse de inmediato canta demasiado, pero casi ninguno se queda a escuchar lo que dicen los demás. Es una práctica tan habitual que la hemos normalizado, y no deberíamos.