Elogio a la brevedad

POST Nº621
La brevedad es deliciosa. Economizar palabras, encontrando las justas, además de ser un ejercicio de generosidad para quien nos lee o escucha, ayuda a pensar de forma más aguda. Conseguir que no sobre ni falte nada en un relato es casi un arte y genera un tipo de efecto que no es fugaz, ni efímero, sino sexy y elegante.
Encontrar el término exacto suele ser una de las dificultades que nos encontramos por el camino de la brevedad así que cuando damos con él, o conversamos con alguien que domestica las palabras con la precisión de un bisturí, la experiencia es impagable. En estos días precisamente me vi envuelto en una conversación embriagadora, e inesperada, que me hizo sentir eso. Cada palabra improbable que aparecía en su sitio exacto era un goce y si esa persona me lee, sabe de lo que hablo 🙂
A propósito de eso, tuve un jefe varios años (el gran Regino Boti) que llamaba “navajas mentales” a esas ideas que, concentrando la lucidez en frascos diminutos, atraviesan las entendederas de un modo tan eficaz que no hay manera de ignorarlas, sobre todo, si contradicen nuestros prejuicios más asentados. A Boti le debo una buena parte de lo que sé hoy sobre cómo escribir bien y de él nunca olvido su capacidad microscópica para descubrir y tachar las palabras superfluas en los textos que me revisaba con el rigor del maestro implacable.
La brevedad es algo que me cuesta pero voy, de a poco, dominando el oficio y tomándole el gusto. Es una habilidad que para muchos de nosotros necesita de intenso entrenamiento. Algunos privilegiados la llevan de cuna. Otros, como yo, nos la tenemos que labrar porque es una destreza que se puede mejorar con práctica deliberada. De hecho, sintetizar es algo que puedo hacer con cierta pericia pero ser más breve me implica un esfuerzo. Tengo la aPtitud, pero me falta la aCtitud. En cualquier caso, es algo que me apetece mucho seguir trabajando. Esto incluye los posts que escribo en esta casa, pero también mis hábitos de redacción de e-mails que suelen ser inaceptablemente largos.
Me atrae mucho la micro-narrativa. Los memes son un ejemplo soberbio. Es asombrosa la habilidad de algunos tuiteros para decir tanto en tan poco. Por eso, una forma poderosa de aprender brevedad es retándose a escribir navajas mentales en el Twitter clásico de los 140 caracteres.
El viaje a la brevedad está lleno de escollos y el más severo es aprender a usar las tijeras contra nuestra propia vanidad. Por ejemplo, quitar cosas de un texto que a mi entender han quedado pulcramente escritas, que me gustan bastante o que me han costado mucho parirlas pero que, si las examino desde una mirada ajena, son prescindibles. Saber interpretar o escuchar a través de los otros es un ejercicio ineludible para refinar la habilidad de destrozar textos, para bien, con las tijeras.
La gente breve sabe disfrutar los silencios y escucha con avidez. A veces nuestro relato se extiende más de la cuenta por la ansiedad de querer rellenar los silencios. O tal vez porque nos gusta en exceso escucharnos. Por eso, la brevedad es también una expresión de interés por el diálogo genuino y el tiempo de los demás (incluidos sus silencios), lo que la hace aún más estimulante. Hoy, sin embargo, es demasiado barato escribir y hablar por los codos.
Comparto ahora unas ideas muy breves, en modo píldoras, sobre la brevedad:
- A menos escribas, o hables, menos probabilidad de decir tonterías
- A menos escribas, más posibilidades de que te lean y que llegues a más gente
- A menos hables, más tiempo liberas para escuchar
- A menos palabras, bien dichas, más fuerza adquieren esas palabras (o al revés, a más verborrea, más se diluye la intensidad y cada palabra vibra menos)
- A menos palabras, más probable que las recuerden. La memoria agradece lo breve.
Los mayores enemigos de la brevedad son la prisa y la pereza. La falta de tiempo atenta contra la expresión breve. A más corres, más estrés y más tendencia a los excesos, como sugiere eso de “no tuve tiempo para escribir menos”. Por otra parte, abreviar las ideas complejas sin caer en la simpleza es un trabajo duro, no apto para perezosos. Envolver los matices en un formato compacto es laborioso pero, si sale bien, es una gozada.
Un post que habla de la brevedad tiene que ser breve. Buen fin de semana…
Chima
Genial! Que más? Gracias
Lola Artaiz Aguilera
Totalmente de acuerdo con la necesidad e importancia de ser breve. Se necesita dedicarle tiempo, pararse a pensar y quitar lo innecesario por muy bonito que nos parezca que ha quedado. Difícil en estos tiempos de corre corre. Gracias
Amalio Rey
Así es, Lola. La brevedad necesita tiempo….
Juanjo Brizuela
Concepto de diseño, Amalio: «más es menos». Y ya.
Bravo
Amalio Rey
Así es, amigo, de simple, y de difícil. Un abrazo
Mirka Plasencia
Lo bueno si breve, dos veces bueno, Amalio.
Me ha encantado y lo intento practicar en cada detalle que pongo en valor
Mirka
Amalio Rey
Gracias, Mirka!!!
Julen
Conste que ahora, hay otro problema añadido: aunque seamos (o no) breves, vivimos con la necesidad de lanzar el mensaje a través de diferentes megáfonos. Es decir, breve pero insistimos desde diferentes ángulos. La economía en el lenguaje siempre ha sido bienvenida pero corren tiempos de exceso.
Por cierto, creo que las cosas tienen su «cantidad» adecuada. En algunas importa ser breve pero en otras no me obsesionaría con ello
Amalio Rey
Hola, Julen:
Lo de emitir el mensaje desde distintos ángulos, por canales diferentes, no me preocupa mucho. Si eres breve, entras a cualquier canal y es eso lo que se percibe. Que estemos en modo multi-megáfonos es un tema distinto. Por otra parte, debido a que estamos en épocas de exceso, hay que insistir más en la brevedad. Yo mismo me compro el mensaje. Lo último que dices es clave. Estoy tan de acuerdo con eso que decidí no comprometerme a una extensión máxima en palabras de mis posts (algo que iba a hacer) porque ya aprendí que algunos temas necesitan de una mayor extensión para que pueda tratarlos con profundidad. Al menos para el poco tiempo que tengo porque si tuviera más, igual era capaz de escribir menos 🙂