¿Cómo tratar con «perfiles ansiosos» en los equipos?

POST Nº 675
Félix Lozano, un buen amigo, estuvo algunos días hospitalizado, con algunas complicaciones, que superó felizmente hace ya un par de semanas. En esos días de ingreso, se le ocurrió la extraña idea de leer un post mío, en mi otro blog de inteligencia colectiva. Así me lo explicó: «estoy bien, aprovechando estos días entre goteros, pinchazos y ambiente de planta Covid, para detenerme a pensar en cosas que me llaman la atención y me gustan». Se detuvo en esta entrada: «Conversación feliz y perfiles ansiosos», y me mandó una primera opinión que generó, a su vez, una cascada de idas y vueltas cada vez más interesantes. Le pedí permiso para publicar una parte de lo que hablamos porque fue una conversación que creo que vale la pena compartir. Se aprende mucho con Félix, como ya verás 😊
La parte del post que le motivó inicialmente a escribirme fue una que citaba a Cass Sunstein hablando de un tal Jeff Zients en estos términos: «él era perfectamente capaz de generar “ansiedad productiva”, sobre todo cuando había mucho en juego. Sabía inspirar lealtad y afecto en sus colegas y subordinados, pero tenía una capacidad extraordinaria para combinar simpatía con ansiedad inconformista». Este pasaje llevó a Félix a comentarme esto:
«Por desgracia hemos conocido y sufrido a más “ansiosos destructivos” que “ansiosos productivos” tan maravillosos como Jeff Zients. Hay un disfraz que suelen utilizar algunos de los freeriders con los que nos hemos cruzado en la vida [ya sabes que desde los 20 años hasta estos 55 nos hemos dedicado en cuerpo y alma a trabajar con numerosos equipos de mucha gente], y es, precisamente, el disfraz de “abogado del diablo”, o de “genio inconformista”, que, si bien, como dices en tu post, ayuda a construir mejores decisiones, habría que poder dilucidar si con él persiguen un benéfico exclusivamente particular en detrimento del bien común. Queda en tu post, bajo mi opinión, excesivamente solapado lo uno con lo otro».
Después, añadió más artillería de la buena a su argumentación. Sigo citándolo, porque se expresa demasiado bien para explicarlo con mis palabras:
«La autoridad intelectual, moral o de todo tipo con la que los freeriders desprecian al grupo, tachan de incompetentes a sus pares que le llevan la contraria o descalifican a los demás para darse brillo personal, hace que en la opinión diversa se camufle el supremacismo del ególatra. Esta es una de mis preocupaciones con los equipos de leinners con los que trabajamos, especialmente en las nuevas generaciones de la era selfish, en las que hemos encontrado con frecuencia a uno o dos perfiles por equipo que encajan en diferentes grados con la psicopatía del narcisismo. Estas personas se escudan en que ellas no practican el “happy talk” [cotorreo, charla banal o acrítica], que no siguen la corriente. Se vanaglorian de ello y construyen su identidad con esa especie de rebeldía con la que intentan tapar su falta de empatía, compasión y comprensión hacia los planteamientos del otro. Acaban siendo perfiles destructivos y sus salidas de los equipos suelen ser ruidosas, con planteamientos ruines con sus compañeros. No dudan en verter todo el desprecio que pueden en un intento desesperado de terminar la relación manifestando que “sin ellos todo se irá a la mierda”, pero nunca es así. La inteligencia colectiva lo demuestra. Un grupo suficiente de conversadores, aunque haya un poco de ”happy talk”, construye mejores decisiones que el más listillo de la clase, del tipo que te describo. Dicho todo esto, sin dudarlo, reivindiquemos a muerte la figura del ansioso productivo, leal y respetuoso con su equipo. Creo que esto es lo crucial: no permitir que se cruce la línea de la falta de respeto y la agresión, que suele ser psicológica y emocional más que física, pero tan dañina o más para sus víctimas. Me recuerda lo que te estoy diciendo el libro “The No Asshole Rule” (“La regla de no gilipollas”) de mi admirado Bob Sutton. Hay faltas que son de tarjeta roja, amigo, como bien sabes tú, que eres futbolero y bético».
Visto esto, le hice mi re-feedback. Lo primero, agradeciéndole que por su comentario pudiera enterarme de que lo que uno escribe lo lee alguien y sirve para algo. Más en la forma entrañable que lo hace Félix. Y tenía razón, porque en mi post no distinguía bien el ansioso «tóxico» del «constructivo», así que nos pusimos a hacer un poco de ping pong alrededor de esa dicotomía. Después, mientras intercambiábamos mensajes, caí en la cuenta de que las fronteras entre esos dos perfiles no son tan objetivas, ni estáticas, como puede parecer. Lo expliqué de esta manera:
«En mi opinión, esas fronteras no solo se fijan por ciertos rasgos de actitud de esos individuos, sino que están en parte determinadas por la percepción que nos hacemos de ellos. Este detalle es importante, y añade complejidad. Digo esto porque las personas, por lo general, no son siempre tóxicas o siempre constructivas. A veces la gente se comporta (aparentemente) de manera tóxica porque: 1) las hacemos sentir de esa manera porque así las tratamos (es una mezcla de estereotipos no actualizados con profecía autocumplida), 2) los que lideramos y organizamos equipos no conseguimos encontrarles su lugar para que afloren lo mejor de sí. El efecto combinado de ambos hechos les produce frustración, y entonces sacan su lado menos amable, a veces por la necesidad de llamar una atención que no reciben (todos tenemos todavía algo de niños pequeños, para bien y para mal), 3) a menudo etiquetamos como “tóxicas” actitudes que son discrepantes, y las percibimos así porque ponen en riesgo una opinión o decisión que defendemos desde un exceso de seguridad. Eso pasa porque somos rígidos para interpretar la diferencia, nos enfadamos y tendemos a personalizar».
Lo que quería decirle a Félix es algo que él, con su experiencia, ya sabe de sobra: las personas cambian según los contextos y cómo las tratemos. Tengo que reconocer que algunas vienen disfuncionales «de fábrica», que cuesta un horror trabajar con ellas, pero casi nunca son un caso perdido. Después tenemos un matiz importante a considerar: si queremos ser inclusivos en la solución de retos colectivos, habría que entender que pocas veces tenemos la posibilidad de elegir las personas con las que vamos a buscar la solución. Debemos aprender a trabajar ¡¡con lo que tenemos!! y lo más práctico, entonces, es aplicar el principio que dice: «el mejor equipo es el que tienes disponible en ese momento». Por eso, pienso yo, más nos vale gestionar las personalidades tóxicas como una variable en lugar de como una constante.
Esas personas, en principio « tóxicas», suelen ser inconformistas, así que van a buscar defectos. Ese «trabajo sucio» de buscar defectos puede ser productivo siempre y cuando tengamos filtros saludables para tratarlos y limarlos. Para que haya una diversidad enriquecedora, tiene que entrar algo de diversidad incómoda. Si se cierran mucho los huecos del colador, entra una pureza muy eficiente pero poco energizante y creativa. Y para bregar con eso, viene la segunda capa: desplegar una buena pedagogía. En lugar de descartar a esas personas, hacerles ver en qué falla su postura.
Mi experiencia me dice que el mayor fallo que cometemos con los «ansiosos destructivos» es no hablar con ellos, aislarlos, porque al final se sienten rechazados y eso perpetúa el problema. Nunca les decimos con honestidad y amabilidad en qué fallan. Somos muy perezosos en eso, y también puedo entenderlo. Sigo pensando, sin embargo, que nadie «desprecia al grupo» siempre o nunca. Eso se puede trabajar, y creo que tiene más mérito si conseguimos mejorar a tope un equipo formado por elementos «difíciles» que cuando lo hacemos con un conjunto «fácil» de cracks intelectuales y emocionales.
Ver las cosas así, de manera flexible, cambia mucho la ecuación. El «narcisismo» es desaprendible. Cuando un perfil de estos disfraza su actitud egocéntrica con el pretexto de que «no quiere happy talks», se trata entonces de recoger evidencias que demuestren por qué se exceden. Hacerles ver por qué (en palabras de Félix) «esa rebeldía tapa una falta de empatía». Se documenta la carencia y se trabaja con ella. Y cuando «sus salidas son ruidosas», casi siempre son una derrota colectiva, porque eso significa que el grupo no ha sido capaz de corregir esa frustración a tiempo o tal vez le ha faltado honestidad. He visto a mucha gente cuchicheando por los pasillos sobre los defectos de esas personas, acumulando críticas, sin acercarse a hablarles con amabilidad.
Creo que la conversación con Félix me interesó tanto porque, como le dije, me siento identificado en parte con el perfil «ansioso» que describe el texto de Sunstein, y el que critica mi amigo. Digamos que yo he sido un poco así y no me da vergüenza reconocerlo. Pero cambié, gracias a que encontré gente que no me etiquetó y supo integrarme. Fueron sinceros y amables conmigo, me ayudaron a ver mis carencias porque me trataron como una «variable» y no como un caso perdido. Así descubrieron que yo podía aportar cosas muy buenas también. De esa manera crecí, y creció el grupo.
Félix me devolvió la pelota con más carga de profundidad. Esto es lo que me dijo:
«Me ha gustado el espíritu que he percibido en tu respuesta: ensanchar para que quepamos todos, sin excepciones, incentivando que la diversidad sea total. También retardar al máximo el etiquetado rápido de las supuestas psicopatías incurables (algunas lo son por desgracia, las que repelen el feedback con el chubasquero impenetrable de su egolatría), apostar por la variabilidad y la autocrítica, porque es verdad que en demasiadas ocasiones somos los responsables de las profecías autocumplidas que hacemos de algunas personas. Y que nuestro oficio es más de parteras, de matronas que saquen lo mejor de los demás, que de matonas que amedrenten, como porteros de discoteca, y acaben sacando lo peor con nuestros saberes irrefutables. Nada me gustaría más que apostar por ese Arca de Noé. Qué difícil y qué reto tan apasionante, no se me ocurre ningún otro mayor que este».
También estuvimos de acuerdo con que ―y esto es sumamente importante― hay que evitar caer en el otro extremo del eje, y menospreciar el poder de sentido crítico de un grupo que es afectuoso en su estilo de conversación. Félix fue muy enfático en esto y se lo agradezco porque aporta una parte del análisis que yo descuidé en mi post. Lo cuenta de esta manera:
«No debemos etiquetar peyorativamente de “happy talk” a un grupo que se relaciona y conversa de forma amable y compasiva. Vivimos tiempos en los que los cuidados son el nuevo petróleo. Mi vulnerabilidad aquí en el hospital me hace tenerlo muy presente, después de verle las orejas al lobo (…) Cada vez somos una sociedad más necesitada de afectos, de cariños, de abrazos, de palabras amables, de comprensión. Todo eso no debería ser nunca un defecto por su exceso, porque no sobran las buenas personas, aunque no sean ni las más listas, ni las más competentes, ni los RoboCops infalibles del futuro».
Me quedo con esto último. Está claro que términos como «happy talk» y «perfiles ansiosos» deben interpretarse con matices. Son ironías provocadoras. Queda claro que una «conversación feliz», resignificada en positivo y no como una charla banal o acrítica, es siempre muy, muy gratificante. La que tuve con Félix fue así y le agradezco que me haya permitido compartirla.
NOTA: La imagen es del álbum de Anaterate en Pixabay.com. Si te ha gustado el post, puedes suscribirte para recibir en tu buzón las siguientes entradas de este blog. Para eso solo tienes que introducir tu dirección de correo electrónico en el recuadro de «suscríbete a este blog” que aparece a continuación. También puedes seguirme en Twitter o visitar mi otro blog: Blog de Inteligencia Colectiva
Juanjo Brizuela Aguayo
Maravilloso Amalio. Tremendamente inspirador. De verdad .
Me lo llevo para «mis equipos» y mis análisis que tienen que ver precisamente con «equipos»
Julen
¡Qué bien lo pasáis!